Alejo Carpentier o los deseos en conflicto.

Breve historia del cuento

Alejo Capentier tiene dos obras que hechizan: El siglo de las luces y Concierto Barroco. El siglo de la luces fue publicada en 1962 y Concierto Barroco en 1974. Aunque aún es más fascinante su propia biografía, inventada toda ella, según cuenta Cabrera Infante, que para parecer francés se pasó la vida arrastrando las erres, hasta que bebía y a la segunda copa de alcohol lo dejaba de hacer. Comienza El siglo de la luces diciendo «Esta noche he visto alzarse la máquina nuevamente. Era en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur… Pero la puerta sin batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las jambas, con aquel cartabón, aquel medio frontón invertido, aquel triángulo negro, con bisel acerado y frío, colgado de sus montantes».

Alejo único, se inventó a sí mismo y se rio a carcajadas del Régimen Comunista al que sirvió, que creyó que el Siglo de las Luces era un libro revolucionario porque cuenta, en esta introducción como la guillotina fue llevada por los franceses al Caribe, como signo ineludible de la revolución que liberaría a los pueblos. Cuando en realidad es un libro de estilo que proclama en fin del castrismo en sus personajes, una familia bien de Cuba, donde tres jóvenes que se liberan por la muerte del padre y así narra: «Mucho les había afectado la muerte del padre, ciertamente. Y, sin embargo, cuando se vieron solos, a la luz del día, en el largo comedor de los bodegones embetunados –faisanes y liebres entre uvas, lampreas con frascos de vino, un pastel tan tostado que daban ganas de hincarle el diente– hubieran podido confesarse que una casi deleitosa sensación de libertad los emperezaba en torno a una comida encargada al hotel cercano. Remigio había traído bandejas cubiertas de paños, bajo las cuales aparecieron pargos almendrados, mazapanes, pichones a la capraudine, cosas trufadas y confitadas, muy distintas de los potajes y carnes mechadas que componían el ordinario de la mesa. Sofía había bajado de bata, divertida en probarlo todo, en tanto que Esteban renacía al calor de una garnacha que Carlos proclamaba excelente… hacía muchos años que no corría el agua por la fuente de los delfines mudos…»

Es que hay que leer no solo los prólogos e imaginar el resto, sino desde la primera página a la última para poder opinar, de un libro lleno de claves ocultas, entre masones y rosacruses. Alejo Carpentier sigue riéndose, y riéndose con sus erres arrastradas, para parecer más francés y disimular su origen humilde, con más propiedad desde que fue premiado por el régimen castrista como agregado cultural en su embajada en París. Reza su biografía oficial «que nació el 26 de diciembre de 1904, en La Habana, hijo de un arquitecto francés y cursó parte de sus primeros estudios en su ciudad natal, y con doce años, se trasladó a París donde asistió al liceo de Jeanson de Sailly, y se inició en los estudios musicales con su madre, desarrollando una intensa vocación musical». Es el mismo autor el que reconoce que el título es irónico, el navío negrero llamado El contrato social, o la joven mulata llamada Brigida, cuando en Cayena, intentaba librarse del calor abanicándose con La écade philosophiqueque.

Y es que cada uno encierra en claves propias, las alegrías y tristezas, los ideales perdidos y la ironía ante la expectativa que despierta un líder redentor.

José-Luis Machado. (Imagén: sarainés).