Entre desfavorecidos e inmaduros. Por qué todo va como va.

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Emplea Pascal Bruckner una metáfora de Richard Matheson, en la tentación de la inocencia, donde cuenta que un joven mientras toma el sol apaciblemente, es sorprendido por una cortina de lluvia que vivifica su piel. A partir de ahí comienza de forma continua a perder consistencia, a menguar de forma inexplicable. Su joven esposa a la que supera en estatura es ahora mucho más alta que él. Así va transcurriendo en días sucesivos su hacerse nadie, por lo que después de ser atacado por su gato, del que escapa milagrosamente, acabó escondido en la buhardilla, vigilando no ser atacado por una inmensa araña.

Todo esto que parece fantasía, es lo que nos está sucediendo al quedar el mundo cada vez más pequeño, con los vuelos transoceánicos surcando continuamente el cielo y comunicándose con Australia o Filipinas y con carácter inmediato a través del móvil y ordenador hace las distancia de las regiones y continentes sean cada vez más insignificantes.

Lo más sorprendente de todo es que eso no nos hace más libres, sino que de forma súbita, y acuciados por el control desmedido que ejerce el Estado sobre nosotros, el individuo se ha visto en la necesidad de escapar del agobio de una culpa de la que en realidad no es responsable, sino el sistema que nos tiene a todos acongojados con exigencias económicas que van más allá de lo razonable. De manera que las parejas no quieren tener hijos, y los jóvenes no quieren tener padres. La mayoría quiere libertad sin cargas ni contrariedades, y la precariedad de los trabajos y sueldos hace que los políticos presionen más sobre los gobernados que para escapar han decidido proclamar su inocencia, por medio de cualquiera de la fórmula del infantilismo o considerarse víctimas injustamente tratadas. De ahí surge la inmadura perpetuo que no renuncia a nada. Y la víctima que reclama compensación y consuelo, aunque tenga de todo.

Por si fuera poco, la izquierda histórica enarbola la bandera de estos pseudo desfavorecidos, para pasar de antiguos explotados en nuevos explotadores, como se ve en el chalet de Pablo Iglesias y el control de la TV pública, importándole un comino los verdaderos desheredados, que a lo único que aspiran es a ser hombres o mujeres como los demás.

 

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