El discurso del nacionalismo catalán.

Poblet

Por lo que estamos viendo en Cataluña, «el nacionalismo se ha convertido en un estado mental», donde predomina el sentimiento y la sustitución de la pasión personal como búsqueda de la felicidad, por un enamoramiento colectivo, cuya finalidad es alcanzar el paraíso de la declaración de la República de Cataluña. Esta idea fue analizada por Isaiah Berlín en su obra Contra la Corriente, que enfoca el nacionalismo como «una doctrina consciente, a la vez que producto, articulación y síntesis de estados de consciencia… como fuerza y arma». En este proceso nadie es inocente ni queda sin contaminar. No hay más que ir a la configuración de las trece colonias americanas que declararon la guerra a la Gran Bretaña, y cincuenta años después de la independencia se habían articulado como nación, a través de un proceso prefigurado de implantación de lemas, filosofías y teorías económicas y políticas, como si hubiera existido de siempre. Solo que EEUU tenía todo un continente para expandirse y consolidarse y Cataluña no.

En el caso catalán, la utilización de la ideología, del adoctrinamiento, empequeñece al sentir catalán que es expansionista por su propia idiosincrasia, avanzar a los confines del mundo para implantar lo que sé hacer y traer riqueza y prosperidad. Todo ello ha quedado empobrecido por los delirios de unos gobernantes pequeños, y algunos incluso cleptómanos, que han implantado en el sistema educativo catalán, –siguiendo a Berlin– «la convicción de que los hombres pertenecen a un grupo humano particular que difiere de otros; que el carácter de los individuos que componen el grupo es formado por el grupo mismo, y no puede ser comprendido sin él, definido en términos de territorio común, costumbres, leyes, memorias, creencias, lenguaje, expresión artística y religiosa, instituciones sociales, formas de vida… equivale a un patrón de vida, y articulan imágenes u otra forma de expresión humana».

Solo que los europeos hemos superado estas ideas que resultan grotescas y tribales, y encaminadas al propio beneficio y de una clase política desnortada, con un discurso de confrontación permanente que cansa hasta la saciedad y produce antipatía y rechazo.

(Foto: Monasterio de Poblet).

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