Meridiano de sangre y la extinción del pueblo canario.

La Luisiana constituyó una gobernación española desde 1763 en que se obtiene de Francia por el Tratado de París –como compensación de la pérdida de La Florida– hasta que en 1803 la recuperó Francia en el tercer tratado de San Ildefonso. Perteneció a la Capitanía General de Cuba, como parte del Virreinato de Nueva España. Comprendía un extenso territorio al oeste del río Mississippi con capital en Nueva Orleans. Tuvo una gobernación ejemplar con Bernardo de Gálvez, que intervino providencialmente con armas y provisiones a la independencia de los Estados Unidos.

Por el Tercer Tratado de San Ildefonso fue devuelta efectivamente a Francia en 1803, pero siendo primer cónsul Napoleón la vendió a continuación a los Estados Unidos mediante un acuerdo comercial por el que valoró sus 2.144.476 km² a 7 centavos la hectárea, lo que dio un precio de 15 millones de dólares y sumados a sus intereses le costó a los EEUU la cantidad de 23.213.568 de dólares. Lo que no es tan conocido es que Thomas Jefferson, que hizo la oferta, poseía informes completos de la riqueza del territorio facilitado por el ingenuo Alexander Humboldt, que los obtuvo de los archivos españoles de ciudad de México, que le abrieron al disponer de una autorización de la corona para sus investigaciones científicas, así dio la localización de minas y demás recursos por explotar. Al hacerse cargo México del territorio restante, después de la independencia, le fue imposible mantener una frontera tan imprecisa como supuso la perdida de río Mississippi y se desató la lucha por la ocupación de Texas y demás territorios, incluyendo California, hasta la frontera actual mexicana, (la del muro).

Fue un tiempo en que la vida humana perdió todo significado y la capital Washington quedaba demasiado lejos para imponer autoridad alguna. En la obra «Meridiano de sangre» Corman Mc Carthy describe con una crudeza inusual el genocidio practicado en esta corrediza frontera mexicana, que iba replegándose a medida que los yanquis ocupaban el territorio. Así, refiriéndose a los extintos indios Anasazis, Mc Carthy pone en sus personajes y concretamente en el despiadado y exterminador –llamado juez en la obra– el siguiente diálogo: «Existen en esta tierra como rumores o fantasmas y se los venera mucho. Los utensilios, el arte, los edificios: estas cosas son la condenación de las razas posteriores. Pero no hay nada a las que éstas puedan agarrarse. Los antiguos desaparecieron como fantasmas y ahora los salvajes rondan por estos cañones al son de antiguas risas… Toda progresión de un orden superior a uno inferior está jalonada por la ruina y el misterio y por un vestigio de rabia sin nombre. Bien. He aquí a los padres muertos. Su espíritu está enterrado en la piedra».

Y a la pregunta de cómo educar a un hijo, contesta: «si Dios pretendiera interferir en la degeneración del género humano, ¿no lo habría hecho ya? Los lobos se matan selectivamente. ¿Qué otra especie podría hacerlo? ¿Acaso la raza humana no es más depredadora aún? El mundo nace y florece y muere, pero en los asuntos de los hombres no hay mengua, el mediodía de su expresión señala el inicio de la noche. Su espíritu cae rendido en el apogeo de sus logros. Su meridiano es a un tiempo su declive y la tarde de su día. ¿Le gusta el juego? Muy bien, pues apueste algo. ¿Esto que ves aquí, estas ruinas que tanto asombran…, no crees que volverán a existir algún día? Sí. Y otro más. Con otras personas, con otros hijos».

Esto si fue genocidio en toda regla y nada que ver con las declaraciones enfáticas de exaltación nacionalista que lo único que produce es desazón victimista entre canarios de igual nacimiento e igual destino.

(Ilustración: poblado Anasazi y símbolo de su cultura).

Trauma y redención. Una oportunidad.

Mandala tibetano Nairatma

Todo el que ha despertado de un gran accidente o de una operación quirúrgica que ha necesitado la aplicación de anestesia total, mira a su alrededor incrédulo de estar de nuevo en la vida, experimentando una quietud impuesta por el proceso postoperatorio que comienza, en esa toma de conciencia que hace asumir de nuevo un lugar en el mundo. En ese instante de vuelta a la vida nadie nos confía a alguna deidad para que nos proteja, como creían los romanos que sucedía en el momento del nacimiento, aunque sí es posible que un espíritu bondadoso y sabio dirigiera la mano del cirujano al que han confiado nuestro cuerpo llevándolo por el camino del acierto. Las nuevas tecnologías y la robótica aportan rigor, pero todavía hay en la cirugía una cabeza pensante y un equipo multidisciplinar que vela por el éxito de la intervención.

Ese volver, comparable a un segundo nacimiento, no es celebrado con un banquete, tan ligado a lo que sin duda es una vuelta a la vida, y el paciente, cauteloso en sus primeros y tambaleantes andares, ralentiza también su pensamiento y reflexiona en lo poco que representa su recobrada desnudez, apenas simulada por la ropa hospitalaria. Y aunque él no lo perciba, sí hay un cosmos que gira con él en conjunción armónica y, ángeles protectores y lares familiares y todo un mundo de espiritualidad… Es que toda la existencia sigue su camino y esa pequeñez, cuando se descubre, abre un abanico de opciones de redención que proviene de haber vislumbrado un más allá del que se ha venido sin saberlo.

Imagen: Mandala Tibetano Nairatma.

La relación de los hijos con sus padres y el orden natural de las cosas.

Una familia más

Hablar de Edipo como compendio de las relaciones de los hijos con sus padres es simplificar un problema, pero también estigmatizarlo. Sé que los psicólogos han dedicado muchas horas de estudio a desentrañar esta naturaleza humana con sus luces y sus sombras, pero sobre todo queriendo resolver por qué los hijos sufren traumas que provienen de sus padres. Aunque nadie habla de los traumas que los padres padecen silenciosamente por culpa de sus hijos, en esa carrera de la existencia en la que parece que nadie ha de mirar atrás.

Se me ocurre, si ese piar de las crías de aves en las copas de los árboles, estimulando a sus padre a traer comida frenéticamente, que en determinadas especies dura tiempo, o la de los cachorros incitando con sus maullidos o gemidos a sus progenitores para que los atiendan, se da también en los humanos, y como nosotros somos más lentos para madurar y valernos por nosotros mismos, pues acostumbramos a nuestros hijos a que tiren y tiren de nuestra economía para satisfacer sus necesidades, porque nos parece un hecho natural al que estamos obligados.

Los hijos no salen gratis, ni vienen con un pan debajo del brazo, como dice el refranero. Por el contrario, han costado dinero y eso que sabemos todos también lo saben ellos, que manejan mejor la informática, aunque simulen o digan que es una obligación que ellos tendrán con sus descendientes. Lo cual es verdad, pero también la tienen con sus progenitores y, no «porque sea de bien nacido el ser agradecido» sino porque hay hijos que maltratan a sus padres, que no se ocupan de ellos aun siendo personas activas, como si lo que son se hubiera producido por generación espontánea.

Imagen: Familia de Fernando Botero.