La importancia de vivir.

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Lo cotidiano no es igual para la persona que vive en el campo, en plena naturaleza, que la que residen en una ciudad. Son vidas paralelas que transcurren a diferente velocidad, no porque la jornada dure más o menos, sino porque es diferente. El silencio que predomina en el campo, sobre todo en las zonas boscosas, solo es interrumpido por pisadas furtivas de seres que viven entre la maleza y, permiten un pensamiento lineal, no interrumpido por otras voces cuando se quiere estar solo, abriendo el camino a la reflexión y captando la sensación de vivir, a un ser que tiene conciencia de su propia biografía y recurre a sus vivencias, a sus recuerdos para completarla.

En la ciudad, nada más salir a la calle, nos encontramos con puntos de referencia de otras personas, que viven sus propias vidas interactuando entre sí. Las imágenes de la realidad son múltiples, las opciones de la elección del qué hacer novedosas y, permite hacer planes o realizar los ya previstos. Si necesitamos comprar, esencialmente ejercitamos ese mecanismo que nos hace elegir, alargando la mano para hacer nuestro lo que nos gusta y nos podemos permitir. Agradecemos que nos traten bien, no hacer cola, ver las tiendas surtidas, bien iluminadas, limpias, diáfanas. Es que en nuestra capacidad para imaginar creemos que, cuando nos atienden es porque nos quieren, ignorando que la base del negocio es la atención al cliente pero, sin duda atempera la ansiedad del que vive deprisa.

Lo ideal es poder compaginar una forma de vida con la otra, con independencia del escenario. Tener la capacidad para activar nuestras cualidades sensoriales, captar la luz cuando lo inunda todo, la música de un instrumento afinado, bien fuera el violín en una esquina o el canto de un ave al atardecer, como queriendo retrasar la puesta de sol e incluso llegar a la sublime sensación de captar el silencio.

(Pintura: Andrea Mantegna, pintor de los Gonzaga, duques de Mantua, representando a Pallas expulsando a los vicios del Jardín de la Virtud, 1499-1502. Museo de Louvre, París. Esta pintura fue uno de los encargos de Isabel d’Este para su studiolo en el Palazzo Ducale de Mantua).

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