Cuando Wall Street estaba en la Monarquía Hispánica.

la niña de Wall Street

A la muerte repentina del marqués don Domingo Chirino en Vilaflor, isla de Tenerife, el cuatro de octubre de 1825, su hijo y sucesor don Alonso Chirino del Hoyo ordenó hacer un inventario de las rentas pertenecientes a su hacienda referidas al quinquenio 1820-1825, con deducción de las cargas y gravámenes que soportaban. Le fue entregado el 5 de diciembre de 1826 y comprendía: Las capellanías laicales instituidas por doña Bárbara Palacián y Gatica, cuyas piezas dotales estaban situadas en la ciudad de La Habana, Cuba, de donde provenía el grueso de rentas. El mayorazgo de Soler, instituido por el capitán Pedro Soler y doña María de Cabrera, al que se añade el vínculo instituido por el capitán Mateo Rodríguez, todos ellos situados en las bandas de Abona de la isla de Tenerife. El mayorazgo instituido por doña Magdalena Franniel de Henestrosa, primera marquesa de la Fuente de las Palmas, situados en Garachico y el Tanque. Al que hay que sumar el mayorazgo instituido por Cosme Carreño de Prendis y doña Sebastiana de Gallegos. Naturalmente, todo este grueso patrimonial producían rentas que conservaba no solo las propiedades sino la manutención del resto de la familia, por asignaciones a la viuda e hijos.

Este documento da pie a pensar en la quiebra de la Monarquía Hispánica desde 1808, cuando Napoleón decide traicionar a su aliado español. Donde el Estado se arruina irremediablemente, tanto en Europa como en América hispana, donde el río Mississipi deja de ser frontera y pasa de manos al perder su valor y dejar de servir los títulos de propiedad otorgados por la Corona, como sucedió también en Texas, Nuevo México, Colorado y California.

Paradójicamente,  pervive la riqueza sin dividir en los sistemas forales y separados de los códigos civiles que nacen  del napoleónico, como la sucesión en el  sistema foral vasco, navarro, aragonés y catalán respecto a la no división de las propiedades patrimoniales, al contrario del sistema Civil común, donde a la muerte de los padres se dividen las propiedades entre los hijos de manera que desaparece la posibilidad de vivir sin tener que recurrir al endeudamiento.

Reflexionando sobre ello, recuerdo dos consejos: “nadie es rico si no trabaja con dinero propio” y “la riqueza del pobre está en no gastar” algo que me recordó la impresionante escultura de “la niña sin miedo de Kristen Visbal”, situado en Wall Street el día de la mujer.

La importancia de vivir.

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Lo cotidiano no es igual para la persona que vive en el campo, en plena naturaleza, que la que residen en una ciudad. Son vidas paralelas que transcurren a diferente velocidad, no porque la jornada dure más o menos, sino porque es diferente. El silencio que predomina en el campo, sobre todo en las zonas boscosas, solo es interrumpido por pisadas furtivas de seres que viven entre la maleza y, permiten un pensamiento lineal, no interrumpido por otras voces cuando se quiere estar solo, abriendo el camino a la reflexión y captando la sensación de vivir, a un ser que tiene conciencia de su propia biografía y recurre a sus vivencias, a sus recuerdos para completarla.

En la ciudad, nada más salir a la calle, nos encontramos con puntos de referencia de otras personas, que viven sus propias vidas interactuando entre sí. Las imágenes de la realidad son múltiples, las opciones de la elección del qué hacer novedosas y, permite hacer planes o realizar los ya previstos. Si necesitamos comprar, esencialmente ejercitamos ese mecanismo que nos hace elegir, alargando la mano para hacer nuestro lo que nos gusta y nos podemos permitir. Agradecemos que nos traten bien, no hacer cola, ver las tiendas surtidas, bien iluminadas, limpias, diáfanas. Es que en nuestra capacidad para imaginar creemos que, cuando nos atienden es porque nos quieren, ignorando que la base del negocio es la atención al cliente pero, sin duda atempera la ansiedad del que vive deprisa.

Lo ideal es poder compaginar una forma de vida con la otra, con independencia del escenario. Tener la capacidad para activar nuestras cualidades sensoriales, captar la luz cuando lo inunda todo, la música de un instrumento afinado, bien fuera el violín en una esquina o el canto de un ave al atardecer, como queriendo retrasar la puesta de sol e incluso llegar a la sublime sensación de captar el silencio.

(Pintura: Andrea Mantegna, pintor de los Gonzaga, duques de Mantua, representando a Pallas expulsando a los vicios del Jardín de la Virtud, 1499-1502. Museo de Louvre, París. Esta pintura fue uno de los encargos de Isabel d’Este para su studiolo en el Palazzo Ducale de Mantua).