COLONIA DE SACRAMENTO ENTRE PORTUGAL Y ESPAÑA

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Calle de los suspiros de Colonia de Sacramento

Quien transportó las tropas para liberar Colonia de Sacramento, en Uruguay, de los portugueses fue don Francisco de Borja y Poyo, que había nacido en Cartagena en 1733, fue segundo marqués de Camachos, título de las Dos Sicilias, y capitán general de la Real Armada. Es de destacar su gesta que comienza cuando por real orden de 17 de febrero de 1776 se le asciende al grado de capitán de fragata y se destina al navío San Dámaso, que pertenecía a la escuadra del general marqués de Casa Tilly, su suegro. Reciben orden de zarpar de la bahía de Cádiz para dar escolta al convoy que transportaba el cuerpo expedicionario de Ejército al mando del general Ceballos con destino a Brasil. Los portugueses se habían apoderado de varias islas en los límites que habían sido demarcados como españoles. Llegan a la isla de Santa Catalina, en Brasil, que fue reconquistada, así como otras poblaciones de los alrededores y continuando con Colonia de Sacramento, en la desembocadura de la Plata, que también volvió a España. Lo cual fue causa que los dos reinos firmasen la paz. Después de esta misión, recibió órdenes para que el San Dámaso se incorporase a la escuadra del general don Adrián Caudron de Cantín, volviendo a la Península. Fue entonces, durante el mes de junio, cuando se declaró la guerra a Inglaterra, formándose una escuadra al mando de don Luis de Córdova, incorporándose el San Dámaso a ella, yendo también la francesa del conde de D´Orvillers, con treinta y seis navíos. Salieron de la bahía de Cádiz y doblaron el cabo de San Vicente, yendo hacia Finisterre, donde se les unió la escuadra de Ferrol, lo cual hizo una escuadra de 68 navíos con veintiún mil hombres y 2.636 cañones, que se dirigió hacia el canal de la Mancha al mando de Córdova. Eso hizo retroceder al almirante Hardy con su escuadra, que se resguardó en los puertos litorales ingleses más próximos.

En el mes de diciembre de 1781, se encomendó a don Francisco la escolta de un convoy de siete navíos cargados de azogues y mercaderías varias para América, comandando una escuadrilla de cuatro navíos y dos fragatas, con la misión de reforzar la defensa de España en la costa del Nuevo Reino de Granada, actual Colombia y Panamá. Arribó a Guarico después de treinta y ocho días de navegación, y luego se dirigió a Santo Domingo donde protegió a un convoy de buques franceses de San Nicolás hasta Guarico, yendo luego al encuentro de la escuadra del general don José Solano que navegaba a la altura de Monte Cristi. Su escuadra arribó a la Habana, a donde llegó el 21 de diciembre de 1782 y recibió una real orden en que lo ascendían a general jefe de escuadra por el Rey Carlos IV.

Contrajo matrimonio en Cartagena, en 1767, con doña Pascuala Everardo-Tilly y Panés, segunda marquesa de Casa Tilly, dama de la orden militar de la Banda de la Reina María Luisa, nacida en Cartagena. Tuvieron varios hijos varones de los que sobrevivió don José de Borja que heredó a su padre, pues Felipe y Francisco María, murieron antes de 1804 de una epidemia de cólera.

Don Francisco de Borja fue capitán general de la Real Armada, caballero de la Orden de Santiago, gran cruz de la Orden de Carlos III, comendador de Fuente del Emperador en la Orden de Calatrava, gentilhombre de cámara del Rey con ejercicio, alcalde mayor perpetuo honorífico y regidor de preeminencia de Cartagena. Fue asesinado por la turba en junio de 1808, al ser tachado de afrancesado, lo que no lo era. Primero fue sustituído como capitán general por Baltasar Hidalgo de Cisneros y luego excluido de la Junta de Defensa por Fernando VII. Sin la protección de cargo público alguno, como correspondía a su rango, se tuvo que refugiar en el convento de los Franciscanos y luego en su domicilio con guardia de honor que no sirvió de nada. La turba asaltó su domicilio y se libró su esposa por la ayuda de don Jacinto Sanz de Andino, pero él fue vilmente asesinado el 10 de junio de 1808, acusado de ser seguidor de Godoy, siendo arrastrado por las calles y golpeado sin consideración alguna hasta que murió. Sirva este escrito en memoria de su gesta.

 

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