Sofonisba Anguissola, pintora renacentista y de Felipe II.

El pasado viernes visité la exposición los OBJETOS HABLAN del MUSEO DEL PRADO, que se muestra en la Sala de Exposiciones de Caixa Bank en Santa Cruz de Tenerife. Al ser visita guiada, hace que se adentre más el observador en los detalles de los cuadros comentados. Me llamó la atención el trazo del cuadro de Felipe II realizado por Sofonisba Anguissola, que nació en Cremona, en 1535, hija de Amilcare Anguinsola; la misma localidad de la Lombardía que vio nacer a Leonardo Torriani, el ingeniero de las fortificaciones del Rey (que antes había trabajado para el emperador Rodolfo II); y su hermano mayor Juanelo Turriano, relojero del emperador e inventor del famoso artilugio hidráulico que elevaba agua del Tajo al Alcázar de Toledo.

 Sin duda es Sofonisba la primera mujer pintora que alcanzó notoriedad en el Renacimiento, y fue contratada por Felipe II para que trabajara en exclusiva para él, aunque su vinculación a la corte de España consta como dama de la Reina. Esto dice mucho de un monarca como Felipe II, que elige para su propio retrato a una experta retratista, superando con ello la misoginia imperante en las cortes europeas de su tiempo, aunque no está de más decir que, en cierta medida, es un tópico posteriormente acuñado en el siglo XIX, donde se impone la mujer lánguida, melancólica, que solo es representativa del éxito de su marido en la vida social, pero que ella, por sí misma es invisible a la cultura y a representación manual de las Bellas Artes.

Qué distinto a la corte de Margarita de Habsburgo en Flandes, donde predominan los usos y costumbres de Borgoña, los refinados gustos impuestos por el duque Felipe el Bueno e Isabel de Avis, que hereda su nieta y traslada a sus sobrinas Margarita, reina de Hungría, y Leonor, reina de Portugal y luego de Francia. Es la educación que recibió el emperador Carlos y traslada a España junto a la Etiqueta de Borgoña, y los refinados gustos por el coleccionismo real de la mano de los pintores más representativos de su tiempo. Cuando su padre Felipe encarga al Bosco el Jardín de las Delicias, cuyo cuadro retira del taller Enrique de Nassau, y con su esposa Mencía de Mendoza lo expone en su palacio residencia de Breda. Hasta que el duque de Alba lo hace suyo y luego lo adquiere Felipe II para situarlo nada menos que en su dormitorio. Este rey tan sutil para aspectos que han pasado desapercibidos fue el que contrató a la Anguissola, admirada por Miguel Ángel, Giorgio Vasari y Van Dyck.

Se casó con un noble por primera vez y marchó a Sicilia, donde vivió hasta que quedó viuda en 1579. Casando luego con un acaudalado marino cuando ya tenía 50 años y su esposo 25, trasladando su residencia a Génova y siguió pintando hasta su muerte en Palermo a los 93 años.

La autoría de su obra permaneció ignorada durante muchos años, y vuelve a resurgir en la actualidad debido a las avanzadas técnicas sobre los usos de pigmentos y trazos en los cuadros, que como huellas dactilares colocan cada cosa en su sitio.


					

ENTRE LA OSCURIDAD Y LA LUZ, FRONTERAS DEL SER HUMANO.

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¿Qué atractivo impulsa a la oscuridad de lo desconocido, al peligro de los abismos? Parecería que es el límite posible el que determina dónde comienza la incertidumbre, como si al situarse al filo de lo posible pudieran decir: de aquí en adelante el terreno que piso es seguro. Sin tener en cuenta que a la espalda está el horror de la sima. Quizás sea que en los precipicios y de la contemplación de sus profundidades se pueda extraer la enseñanza del paso adelante que marca el futuro. Que libera al indeciso de la incertidumbre.

Todos deseamos encontrar un cofre en cuyo interior se encontrase la verdad, asir la tapa y al levantarla surgiera una explicación que diera sentido a la existencia y nos liberase de la carga del pensamiento, con su incesante latido, por el que los clásicos conjeturaron que la inteligencia radicaba en el corazón. Quizás sea la búsqueda de una explicación la razón que determina la existencia, ese ir siempre adelante sobre una alfombra de incertidumbres, que se despliega lo suficiente para pisar un día más el mundo, pero que oculta en su interior el porvenir que nos reserva el mañana. Pasaron los tiempos de la pitonisa de Delfos, el oráculo buscado como un nudo a deshacer. Poco margen tenemos cuando surge la luz, pero sí el suficiente para disfrutar de su resplandor, su calor y su reflejo sobre la hierba.

(Tiziano: alegoría del tiempo).

LO EFÍMERO EN CONTRAPOSICIÓN A LO PERMANENTE.

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Es aspiración tener voz propia, un discurso que dé sentido a lo que pensamos y nos permite poderlo decir con propiedad, aunque hablar no signifique que los hechos sean distintos a como en realidad suceden. Por eso es tan importante la verdad, porque da seguridad a quien la sostiene y nunca entrará en contradicción con nuestro pensamiento. Ya dijo Marco Aurelio: “Representa siempre el mundo como un solo ser, compuesto de una sustancia única y de un alma común. Considera cómo todo lo que en él sucede se relaciona con un solo principio, cómo se halla todo en movimiento por la misma impulsión y cómo todas las producciones son el resultado de varias causas reunidas. Admira, pues, su relación y su encadenamiento”.

En el itinerario de nuestra vida, puede haber un momento en que se alcanza la máxima altura, al igual que todo objeto que con fuerza y pericia es lanzado al aire por mano experta, pero sabemos que llegará un momento en que se parará en el propio aire, como si flotara un instante, sostenido por una ilusión momentánea está ahí suspendido, ya que inmediatamente comenzará a bajar con cada vez más velocidad hasta acabar en la tierra hecho añicos, así sucede con la mentira. Ya dijo Epicteto: “No eres más que un alma que sostiene su propio cadáver”.

¿POR QUÉ PERDIÓ ESPAÑA LA LUISIANA?

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Respecto al destino de la Luisiana, siendo Napoleón Bonaparte primer Cónsul, por el tratado concertado con su Majestad Católica en San Ildefonso, el 1 de octubre de 1800, firmado por Mariano Luis de Urquijo y Alejandro Berthier, plenipotenciarios de ambas naciones, España cedió la Luisiana y entrega seis navíos de línea, en compensación del establecimiento territorial que ofrece Francia con título de rey al infante duque de Parma, como estipuló el artículo 5 de dicho documento, navíos de guerra en buen estado, de porte de setenta y cuatro cañones, armados y arbolados y en disposición de recibir equipajes y provisiones francesas, que debían ser entregados un mes después de la ejecución de la estipulación relativa al duque de Parma.

Es decir, se permuta la Luisiana por el título de rey para el duque Carlos II de Parma, hijo de Luis duque de Parma y de la infanta María Luisa de Borbón, nieto por vía materna del rey Carlos IV de España y de la reina María Luisa de Parma. Luego fue nombrado el 27 de mayo de 1803, a la edad de cuatro años, rey de Etruria bajo la regencia de su madre, la infanta María Luisa de Borbón. Sin duda el Reino de Etruria fue una invención diplomática de Napoleón, que lo utilizó como moneda de cambio para negociar con la corte de Madrid, hasta que el 10 de diciembre de 1807 desposee a Carlos del título de rey y regresan a Madrid, donde Napoleón le promete de nuevo un título de rey de la Lusitania Septentrional, en el norte de Portugal, cuando dicho reino fuera conquistado por el ejército conjunto hispano francés. En esos años, la flota de la mar océano, en número de 17 navíos de gran porte, permanecía retenida en la dársena bretona de Brest, al mando de don José Mazarredo, entretenido por Napoleón en París, mientras Gravina se las veía con el almirante Bruix. Impidiendo su salida la escuadra inglesa, renovada en avituallamientos desde la cercana costa inglesa.

Fue en 1817 cuando Juan Martín de Puyrredón, director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, se dirigió a la corte francesa con el anhelo de de las provincias argentinas de elevar al trono a un príncipe europeo, para garantizar la independencia surgida de la revolución de mayo por medio de una monarquía constitucional que consolidara la aventura soberanista. Como el candidato preferido era Luis Felipe duque de Orleáns, que después fue rey de los franceses, se pensó para sustituirlo en el infante Carlos Luis, príncipe de Lucca, miembro de los Borbones reinantes en Francia y España, negociación que llevó a cabo Valentín Gómez, pero al ser vencidos los unitarios por los federales, en la batalla de Cepeda en 1820 o batalla de los diez minutos, concluyó esta nueva aventura.