COLOMBIA: EL ORO DEL BOGOTÁ, EL DORADO, LAS AMAZONAS, PRESENCIA DE ISRAEL.

lucha de las amazonas
Lucha de las amazonas.

En la entrada y exploración del río Magdalena por Jiménez de Quesada, un personaje elegante y enigmático que era tan guerrero como escritor, y en palabras del capitán Lázaro Fonte, tildado de converso, una vez que el río le impedía seguir y descubrió el intercambio de sal de una cultura más refinada que portaba sal mineral en forma de pastel, así como telas de vivos colores desde una región desconocida hasta la margen del río para intercambiarla con los indios de las riberas, se aventuró a continuar en busca de esa cultura desconocida.
En eso moría don Pedro Fernández de Lugo en Santa Marta, y concretamente el 30 de mayo de 1537, abandonado por su hijo y heredero don Alonso Luis que huyó a España llevándose el oro descubierto en Marobare. Razón por la que la Real Audiencia de Santo Domingo nombró al licenciado Lebrón, que escribió desde Santa Marta diciendo lo despoblada que se había quedado el asentamiento por la expedición al río grande de la Magdalena, y según comunicó a Santo Domingo el 5 de junio de 1537 «no se sabía nada de su suerte, cuando habían transcurrido más de dos años de su partida».
Desde su campamento de la Tora, Gonzalo Jiménez de Quesada mandó una avanzadilla que subieron la escarpadas sierras de Opón, dirigida por los capitanes Lebrija y Céspedes que llegaron al altiplano, lo que trasladaron a Jiménez de Quesada que el 28 de diciembre de 1536 subió con la mitad de su tropa.
A finales de 1542 apareció don Alonso Luis Fernández de Lugo en Santa Marta, porque Carlos I le había otorgado en Bruselas el 16 de septiembre de 1542 la gobernación del Nuevo Reino de Granada. Con él venía Juan Pérez de Cabrera. Este lo acompañaba para intentar cobrar la mitad de la nao comprada a Francisco Galdámez. Así se había juramentado el mismo Cabrera con su primo Julián de Lezcano y Pedro de Toledo, Rodrigo de Anaya, Rodrigo de Carranza y Cristóbal de Ávila, puesto que Cabrera se concertó con ciento cincuenta soldados para comprar el flete del navío que los debía llevar, pagando cada uno 15 ducados, y la promesa de 150 ducados a pagar en destino. Fernández de Lugo por el contrario decía que el navío lo había comprado él solo, encargando a Jácome Boti la compra a Galdámez en 250 ducados (según consta en Noticias historiales, segunda parte, II 6, de la edición de Bogotá, citada por Juan Gil en Mitos y Utopías del descubrimiento. El Dorado). Es decir, que llegaron peleados.
Jiménez de Quesada se internó en el valle de los Alcázares hasta llegar el 21 de abril de 1537 a presencia del cacique Bogotá. Y exploró en todas direcciones, así en el Sur hasta el valle del Neiva; al noreste Tunja, Chocontá, Turmequé y Sogomoso.
En la jornada de los hombres de Santa Marta al altiplano, un cacique le cuenta a Quesada que «el gran cacique Tunja tenía tres casas llenas de oro»; y los capitanes Lebrija y San Martín confirman «dicen los naturales de la tierra que tiene una casa de oro».
También lo que cuentan de las amazonas: «estando en el campamento real de este valle de Bogotá, tuvimos nueva de una nación de mujeres que viven por sí, sin vivir indios entre ellas, por lo que las llamamos amazonas, y que de ciertos esclavos que compran se empreñan; y si paren hombres los envían a sus padres, y si son mujeres las crían. Visto por el teniente Quesada tal novedad en tal tierra como esa, envió a su hermano con alguna gente de a pie y de caballo, a ver si era así lo que los indios decían. No pudo llegar a ellas por las muchas sierras de montañas que había en el camino, aunque llegó a tres o cuatro jornadas de ellas, se traen el mismo oro que hay en esta tierra y en la de Tunja».
En 1539 declaró públicamente Lázaro Fonte y el doctor Beltrán y el licenciado Velázquez en 1540 que sabían muy bien que Gonzalo Jiménez de Quesada descendía de conversos judíos reconciliados. Esto además lo sostenían basándose en topónimos puestos por él, como la Tora (o enclave de los cuatro brazos del río Magdalena de donde comenzó su escalada al altiplano). También el cronista Freire cita que alrededor de Bogotá fundó doce ranchos, en recuerdo de las doce tribus de Israel.
Fue precisamente en ese año de 1539 cuando se comienza a hablar del Dorado, y surge la leyenda que se pone en boca de Sebastián de Belalcázar, que habla del cacique de una región que se introducía todos los días en un lago y al salir desnudo lo ungían con una especie de resina sobre la que espolvoreaban polvo de oro, que era su único vestido, y que su resplandor era portentoso. Según cita Fernández de Oviedo. Como asimismo los hombres de Pizarro hablaban de la canela o isfingo que los indios tenían en unos hilos ensartados como panecillos de azúcar, y es descrita por Monarde y por Cieza de León.
Dejando para una próxima ocasión el tesoro con el que se hizo Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia y cuál fue su destino.

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