COLOMBIA EN EL ORIGEN, entre el mito de la abundancia y la escasez. Del orden natural de las cosas.

Balsa de oro de los Muiscas
Balsa de oro de los Muiscas.
tairona (1)
Tairona.

Ahora que se acaba de firmar entre el presidente de Colombia Juan Manuel Santos y el jefe de las FARC Rodrigo Londoño un acuerdo sobre la justicia transaccional, por el que se comprometen a alcanzar en seis meses un acuerdo de paz definitivo, que ponga fin a un conflicto que ha ocasionado doscientos veinte mil muertes y ha lastrado a la sociedad colombiana durante cincuenta años, no está de más recordar la gesta realizada por los españoles y muy concretamente canarios, en lo que es la Colombia de hoy.
La primera entrada seria que se hizo en Colombia fue a través de Santa Marta, de donde partió una expedición anfibia o de infantería de marina hacia el interior, utilizando el cauce del río Magdalena, llamado entonces río Grande, digo anfibia porque llevaba lanchones diseñados para la navegación fluvial y el medio acuático, en donde se desarrollaría la mayor parte de penetración de un territorio muy hostil. En realidad se trataba de explorar el Magdalena, sin saber a dónde los llevaría, pero con una entrada planificada y racional. La labor era dura porque acabada de pasar por la región el doctor Infante que entró a saco en Ramada, según carta que dirigió a la Corona el 25 de junio de 1536. Además, la tropa estaba alterada porque pensaban que nada más llegar encontraría oro, como había dicho Colón, y que impulsó a tantos aventureros a marchar en estas expediciones. Así que autorizó, en contra de lo ordenado por Carlos I a que sus hombres revolvieran en las guacas en busca de oro, dándose la circunstancia que su propio hijo don Alonso Luis traicionó a su padre el adelantado que «con el corazón roto escribió al rey pidiendo que se asentara la mano a aquel tizón de fuego para la honra de los casados y doncellas e impedidor de la justicia, en carta de 4 de agosto de 1536. Según narra Juan Gil, en mitos y utopías del descubrimiento, el dorado). Pues estando don Pedro sobre Bonda había enviado en enero a su hijo como capitán general de una tropa de 400 hombres de a pie y a caballo a la conquista de las Sierras Nevadas y en la provincia de Marona, y más concretamente en el pueblo de Marobare, encontró oro, más de tres arrobas de oro fino, según los testigos Andrés de Pineda y Francisco de Rojas; y el hijo lo escondió y se quedó con él, para llegar a Santa Marta y salir en el primer navío que regresó a España, sin dar cuenta a su padre el gobernador de su hallazgo y que hubiera privado a la expedición de sus estrecheces.
Esta expedición estaba organizada por don Pedro Fernández de Lugo, que había nacido en Sevilla en 1475 y está enterrado en Santa Marta, donde falleció en 1536; fue adelantado de las Canarias, que partió de Santa Cruz de Tenerife en noviembre de 1535 con una expedición financiada por los banqueros genoveses Geraldini y Francesquini, con medios suficientes tanto humanos como de aprovisionamiento, y además disponía del permiso real para poblar la región como gobernador de la provincia de Santa Marta y el Mar del Sur (también llamado de Santa Marta de Mar a Mar, que comprendía la región existente entre Cartagena de Indias y el Cabo de Vela.
En el momento de elegir al capitán de conquista o jefe de la expedición, don Pedro prefirió, entre otros capitanes capaces, al licenciado en Leyes Gonzalo Jiménez de Quesada, que tenía treinta y seis años y había estudiado en la Universidad de Salamanca, pues había observado con detenimiento la actuación de cada uno de ellos en la pacificación de las tribus indígenas de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, así que Pedro Fernández de Lugo, militar de carrera experimentado, que había intervenido además de en la conquista de las islas de La Palma y Tenerife junto a su padre y en las expediciones a Berbería con tropas de guanches y canarios, se decantó por un jefe juicioso y prudente sobre sus impulsivos capitanes.
El gobernador se tuvo que quedar en Santa Marta debido a su edad de 65 años, pero dio a Jiménez de Quesada instrucciones concretas de cómo llevar a cabo la misión, así le dijo referente a cómo obtener oro que: «deberás poner el mayor cuidado en pacificar a la gente de los lugares por donde pases, dando un buen trato a los indios… cuando estén pacificados le pedirás oro, tanto como estimes que pueden darte, según su cualidad y cantidad. Cuéntales cuán necesario es para pagar los barcos y los alimentos de los cristianos, o cualquier otra cosa que consideres oportuna». Es decir, emplear la seducción sobre la violencia o el maltrato, y sigue aconsejándole: «de modo, que una vez lo hubieran entregado, permanecieran los indios felices y contentos, para que estén en paz, y a partir de entonces, gustosamente, nos den más oro más adelante si lo obtuvieran ». Pero si la tribu se negaba les debía leer el requerimiento donde reconocer a Cristo como su Dios y al Rey de España como el gobernante.
Salió una expedición de Santa Marta el 5 de abril de 1536, para encontrarse con seis balsas que aguardaban con sus tripulaciones en la desembocadura del río Sompañón, pero se desató una tormenta de tal magnitud que las embarcaciones se dispersaron cuando se dirigían a la desembocadura del río Magdalena, y así dos embarcaciones se desviaron hacia Cartagena de Indias, una tercera se hundió, nadando sus tripulante hasta la orilla donde fuera capturados por indios caribes caníbales que los asesinaron y comieron, el navío comandado por Diego de Urbina tuvo mejor suerte, pues fueron rescatados por indios amigables que los acompañaron hasta Cartagena, yéndose a otra expedición al Perú, y las dos naves restantes se adentraron en el Magdalena a esperar al resto de la flotilla, pues no sabían de su suerte.
Al enterarse el gobernador Fernández de Lugo envió una expedición a Santo Domingo para buscar suministros y su capitán fue arrestado, por incumplimiento de promesa de casamiento que había denunciado una joven, todo lo cual retrasó la expedición.
Al final, rehecho el cuerpo de ejército, comenzó a remontar el río Magdalena a través de un territorio yermo de 40 km., con arbustos bajos y suelo arenoso, con charcas donde abundaban los mosquitos, y obligó a los españoles a remontar las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, atravesando arroyos turbulentos de montaña, donde tenían que usar cuerdas y maromas con riesgos de perder el equipamiento militar. En esa zona fueron atacados por los Chimila, que utilizaban la táctica de guerrillas y utilizaban flechas envenenadas que mataba a los expedicionarios después de una agonía con convulsiones y pérdida de la razón. Según el cronista Oviedo «este curare llevaba además veneno de serpiente». Esto los obligó a tomar la medida de cortar en vivo la herida infestada por la flecha, cauterizándola con hierro candente. Luego, para evitar las flechas, se cubrieron con corazas de algodón, así como el caballo, lo cual daba una apariencia fantasmagórica al jinete, que espantaba a los indios o los inmovilizaba de terror (según narra Aguado y Hemming En busca del Dorado).
Por fin atravesaron el territorio Chimila y fueron rescatados por indios amigos cuando ya estaban perdidos, y así, llegaron a Tamalameque, la capital de los indios Pacabuey, que habían soportado la expedición de Federman (capitán de los Wessel) al cruzar su región desde cabo de Vela. Allí Jiménez de Quesada descansó tres semanas con sus hombres.
De nuevo se dirigieron al río Magdalena siguiendo el cauce del río Cesar, y después remontaron el río hacia el Sompallón para encontrarse con las balsas. Era la estación de las lluvias y les afectó mucho el calor y la humedad, que mató a cien hombres en los tres meses que tuvieron que esperar a las balsas.
Cuando por fin se reunieron las dos partes de la expedición, remontaron contracorriente el Magdalena crecido, con barro pesado y de color rosa, lleno de agujeros por donde caminaba el grueso de la tropa por la orilla, mientras los enfermos y las provisiones iban sobre las balsas. Se abrían camino con machetes entre la jungla, porque los indios solo utilizaban el río para sus desplazamiento en canoas y no abrían caminos.
A la cabeza de la columna iba el capitán Jerónimo de Ínza que se habría paso entre palmera, árboles y maleza de nacuma, superando afluentes y riachuelos, con el agua al cuello y ataques de caimanes y serpientes. También abundaban los jaguares, y sufrían a los mosquitos y moscas negras, garrapatas, forunculosis, y los gusanos barros que se introducían en la piel, lo que mitigaban con trementina. Los jinetes aprovechaban cualquier altura para cazar gamos. Iban con ellos dos frailes: un dominico y otro de la orden de San Pedro.
Salieron de este infierno cuando llegaron a La Tora, la actual Barrancabermeja, donde ocuparon las cabañas abandonadas por sus habitantes, que también dejaron los sembrados de mandioca y maíz; enclave que bautizaron los españoles con el nombre de Cuatro Brazos, al existir en la proximidad cuatro afluentes del río Grande de la Magdalena. Allí el Magdalena dejaba de ser navegable y Jiménez de Quesada lo explica: «allí las aguas entonces se abren camino hacia abajo con tal fuerza que ya no pudimos continuar hacia adelante… sentía terror al pensar que la ruta estaba cortada al no poder remontar el río».
En esa situación Gonzalo Jiménez de Quesada observó que los indios del Magdalena utilizaban sal marina, pero los de la Tora usaban sal de roca en forma de pastel o panes de azúcar, lo cual implicaba la existencia de una cultura desarrollada próxima y que tenía que existir por ello una ruta que transportara esta sal, desde su origen al Magdalena en donde se hallaban. Y mandó una expedición dirigida por el tinerfeño Juan de San Martín a explorar el río Opón, que se dirigía hacia el sureste. Un soldado canario llamado Bartolomé Camacho se acercó a nado a una canoa con la espada en la boca para apoderarse de ella, y descubrió para su sorpresa que estaba llena de mantas de vivos colores, y los panes de sal. En la ribera del río había un poblado que sus habitantes abandonaron que tenía un almacén con mantas y sal. Lo cual comunicaron a Jiménez de Quesada que fue a comprobarlo en persona.
Esto da fe de los sacrificios fundacionales de un territorio que hoy en día constituye la gran nación de la República de Colombia, y tiene ante sí un futuro esplendoroso si a través de la negociación y la justicia logra desterrar los fantasmas fratricidas que ya se dieron en la etapa fundacional, cuando rompiendo el orden natural de las cosas el hijo traicionó a su propio padre al descubrir oro y quedárselo para sí.

Fdo. José Luis Machado.

2 pensamientos en “COLOMBIA EN EL ORIGEN, entre el mito de la abundancia y la escasez. Del orden natural de las cosas.

  1. Pingback: COLOMBIA EN EL ORIGEN, entre el mito de la abundancia y la escasez. Del orden natural de las cosas. | Joseluismachadocarilla Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s