El corazón partido y el principio de lealtad

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En Catalunya se tiene el corazón partido, de ir contra el signo de los tiempos y al mismo tiempo reclamar la restitución de derechos históricos, invocando aspectos varios y también sentimentales, que dan paso a una contrariedad permanente de reivindicación, en el fondo por no ser el centro decisorio del poder político al que en su día renunciaron por así convenir a la geoestrategia del momento.
Siguiendo con el argumento ya presentado en mi artículo anterior, el principio de lealtad, fundamental en el derecho catalán y en los usatges tantas veces esgrimidos, dio lugar a que los súbditos del conde lo eran del rey de Aragón, la misma persona, tanto en Ramón Berenguer IV como en sus sucesores y, además, el rey de Aragón, por su condición de gobernante y propietarios de los territorios más allá de los Pirineos, era vasallo primero del Sacro Romano Imperio y luego del rey de Francia.
Respecto a la Provenza, fue en el año 948 cuando Boso II, de la casa de Borgoña, fue nombrado conde de Provenza por el Papa, funda la dinastía Bosónida y gobiernan sus sucesores hasta 1112 en que pasa a la dinastía Millau-Gévaudan y precisamente la condesa Gerberge cede todos sus derechos a su hija Dulce de Provenza, que casó en 1112 con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III, por lo que sucede como dinastía gobernante la Casa de Barcelona, y de la mano de Ramón Berenguer IV y Petronila, pasa el llamado Marquesado de Provenza a Alfonso II de Aragón, hijo y sucesor de ambos. Naturalmente el marquesado de Provenza está englobado en la Corona de Aragón pero de forma peculiar, ya que el rey de Aragón cede «el honor pero no la posesio» de Provenza a su hermano Pedro de Aragón, llamado Ramón Berenguer IV de Provenza, entre 1173 a 1181, y a Sancho de Cerdaña que lo sucede de 1181 a 1184, terminando la dinastía de Aragón en Provenza en Beatriz I de Provenza, la bisnieta de Alfonso II de Aragón, que contrajo matrimonio con Carlos de Anjou en 1247, y con ello termina la casa de Aragón-Barcelona para pasar el vínculo a la dinastía Anjou, vasallos del rey de Francia, y que une el marquesado-condado de Provenza con el Reino de Nápoles. Posteriormente, al morir Carlos III de Anjou sin descendencia, los títulos de conde de Provenza y duque de Anjou los hereda Luis XI rey de Francia y se integran en la corona francesa.
Con anterioridad, Alfonso I el Batallador rey de Aragón, cuando muere sin descendencia dejó su reino en herencia a las órdenes militares del Santo Sepulcro, a los Templarios y Hospitalarios. Razón por la que los nobles sacaron a Ramiro del convento. Luego, Ramón Berenguer llega en 1140 a un acuerdo con las órdenes por la que ceden como venerande Barchinonensium comes, a él y a sus legítimos sucesores la parte del reino de Aragón que les correspondía según el testamento enunciado, con la condición de determinados derechos y también que si el príncipe moría sin descendencia dichos territorios volvería a las manos de los Hospitalarios. Estos acuerdos se hacen extensivos con los caballeros del Santo Sepulcro y con los Templarios en 1141, y confirmada por bula del papa Adriano IV en 1158. Alfonso I el Batallador había sido rey de Aragón y Pamplona y los barones de ambos reinos juraron fidelidad a Ramiro II el Monje y a García el Restaurador de Pamplona, elegidos por los magnates y obispos navarros como rey, al no estar tampoco conformes con el testamento del Batallador, de esta manera, según propuesta de los nobles de ambos reinos, incluida Cataluña, Ramiro sería el padre y García Ramírez el hijo, y los dos conservarían sus reinos respectivos teniendo primacía Ramiro II el Monje sobre García Ramírez.
Ramón Berenguer IV y Petronila vivieron frecuentemente en el palacio condal de San Pedro de Vilamajor, en el Vallés oriental de Barcelona, que se encuentra en la actualidad en ruinas.
Es de estas arduas negociaciones de los barones aragoneses, catalanes y navarros de donde viene el hecho singular del Reino de Aragón, y la peculiaridad insólita de los nobles y burgueses catalanes, que propiciando el pacto para encontrar una solución política que les dio la importante misión de árbitros, al mismo tiempo propició un hecho político y sentimiento singular de contrariedad y abandono por falta de protagonismo político, agravado por el enfrentamiento con Alfonso V el Magnánimo, en las cortes de 1419, cuando la nobleza catalana formó una liga de barones, villas y ciudades, reclamando que el rey redujera y reorganizara la Casa Real y su política de nombramientos porque habían pocos catalanes en ella, y que culmina con el alejamiento del monarca, que cansado de las continuas peticiones y quejas traslada su gobierno y corte a Nápoles y en 1448 dicta, desde Nápoles, una provisión real por la que permitía a los payeses reunirse en sindicatos para tratar la supresión de los malos usos, con gran oposición a los propietarios de tierras que la hacen fracasar, al no aplicarla dio paso a una desobediencia civil, dando lugar a que el monarca dictase en 1455 la Sentencia Interlocutoria por la que en uso a sus prerrogativas regias suspende las servidumbres y los malos usos que pervivían de la época feudal, y que en 1462 provocará por la oposición de los terratenientes, ya en tiempos de Juan II de Aragón, la primera Guerra Remensa.
Caso paradigmático es el de Pedro IV el Ceremonioso, que a la muerte de su padre en 1336, fue presionado por el conde Pedro de Ribagorza y Ampurias y el conde de Prades, que le aconsejaban que debía ir primero a Barcelona a jurar los Usatges, ante de coronarse rey de Aragón en Zaragoza. A lo que no accedió, y los juró más tarde en Lérida, lo que provocó el descontento de Barcelona que tomaron represalias políticas. Ocupa Pedro de Ribagorza la cancillería real lo que hizo que el rey encontrara una solución al distinguir entre la política continentalista que le interesaba esencialmente a Aragón, y al mismo tiempo atender los intereses mediterráneos que interesaba a los catalanes. Pero de eso hablaré en otro momento.
Esto prueba la inconsistencia que el principio de lealtad de determinados gobernantes catalanes con las instituciones del Estado, esencialmente cuando defienden intereses partidistas y no los generales de Catalunya,que son los de los catalanes, inmersos en una unidad política de ámbito superior por decisiones de sus legítimos soberanos que siempre atendieron a la geopolítica de su tiempo y mirando al futuro.

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