Guimarâes a través de un arquitecto viajero y humanista, que lo visitó en 1971.

El arquitecto y amigo José Félix Saenz-Marrero, ha escrito esta emotiva descripción medieval de Guimarâes, cuna de Portugal, y su conexión con la visita que efectuó en 1971. La cual traslado a mis amigos en general, y en particular a los amigos vimaranenses, para que vean que también desde estas islas atlánticas se les quiere y reconoce como ciudad patrimonio de la humanidad. José Félix intuyó el Guimarâes que es hoy a través de la visión de un personaje medieval que se refugia en Nuestra Señora de Oliveira, monasterio y hospital fundado por Mumadona Dias.
GUIMARAES…©
No sé si era en el año del Señor de mil ciento catorce o en la actualidad de mil novecientos setenta y uno.
Cuando empecé a conocer el casco viejo del ombligo de Portugal se despertó en mí la necesidad de recorrer un camino de emociones encontradas atravesando el subconsciente más recóndito del pasado.
La calle se estrechaba en un punto donde los soportales parecían cerrar el cielo. Las desvencijadas mansiones con sus cubiertas recortadas por las estacas clavadas en la tierra para dirigir el trasiego de los aldeanos se apiñaban sin orden ni concierto. Venía desde Braga con intención de cabalgar en una ida y vuelta que le parecía eterna.
“Abran… soy el caballero Martín de Ondarza. Deseo posada, cama y pan… descanso para mis hombres… forraje para las bestias y cuento con carga para los duques “.
Su perfil era de una templanza magnífica. Se dibujaban los labios bajo un vello espeso continuado en una barba bien recortada. Los ojos vivos y capaces. El tronco esbelto a pesar de su mediana altura. Los flancos de la cabalgadura dejaban ver dos extremidades que como garras se aferraban al vientre del animal. Los cabellos lisos sobresalían con una rica diadema que cubría su frente empapada de un sudor que no era propio de las brumas húmedas que sobrevolaban la callejuela perpendicular a la rua principal. La esquina, provista de gruesos ganchos enmohecidos y dispuestos para anudar las bridas, doblaba en ángulo mili métricamente recto… con los guardaesquinas de una piedra dura, áspera, como pilotes triangulares sobre adoquines polvorientos y llenos de inmundicias.
Mirari salió al postigo y frotó sus manos en el delantal. Lo hizo detrás de su padre, un portugués encanecido por el continuo trasiego de riendas, toneles, enseres de su pequeña posada y bodega, acogedora, bien provista de todo lo que un caballero y su séquito pudiera desear a su paso. Los tristes pero bellísimos ojos rasgados de la moza se estrellaron de golpe en el acero de Martín. Bajó los ojos. Penetraba aquel mentón como un mástil en sus ropas. Cuando Amancio el tabernero hizo un gesto de entrada con sus manos huesudas y hambrientas de monedas, dejó pasar a Martín al fresco del interior, oscuro, casi tenebroso, despidiendo motas de brasas encendidas, mientras un par de jóvenes palafreneros se afanaban en dejar todo en orden para la comitiva.
Desde ese instante hasta que Mirari sirvió aquellas gachas bien nutridas de chacina en la bandeja que depositó junto a una jarra de barro se durmió el tiempo
Proseguí mi andadura apoyado en el pilote de caminante, que se hundía entre adoquines y me impulsaba hacia adelante casi como una pértiga llevándome en volandas en dirección a al Convento do Carmo por el que se adivina ya la impresionante mole del hermoso palacio ducal.
Esta ruta la he pisado yo antes, pensé. Cerré los ojos y podía seguir aquel itinerario como un ciego con el alma ancha entre las costillas.
Suscribía la vieja senda que me llevaba desde Lisboa por Oporto hacia Santiago apuntando cuantas estrellas se asomaban al cielo cuarteado de niebla, llovizna impresa en el cedazo de la madrugada cuando el albergue ya se despedía de mi mochila. La noche había sido turbulenta. El aire líquido penetraba en los poros de la madrugada buscando los huecos aún resecos en la cuenca de los ojos.
Martín el de Ondarza bebió hasta saciarse, pringó sus dedos finos y elegantes a base de untar la masa en una salsa grasienta y reconfortante y sus ojos brillaron de deseo ante la visión de la abertura de la blusa amarillenta de la muchacha que al inclinarse en la mesa lo miró desafiante justo entre los ojos con el más absoluto descaro. La imaginación juvenil de la hija lusitana empezó a adueñarse de su cuerpo y alma, mientras recordaba haber oído la lectura en la parroquia las andanzas, venturas y calamidades del hombre que se fijaba en su cuerpo apenas esbozado en las caderas de una aldeana sin cultura, demasiado refinada en sus pausados movimientos y que desprendía el olor caliente de las agrio osa salvajes… con las púas ardientes perfiladas dentro de su carne.
Cuando al fin crucé los jardines que separan el hermoso Castelho de Guimaraes y el palacio ducal de los Bragança, percibí el olor a tierra mojada, y hasta mí llegó el parloteo de jilgueros y parejas enlazadas por el calor de sus cuerpos.
Martín sabía que aparte de su comercio con los duques, la visita a aquella Colina Sagrada le traería paz al alma. Sólo los ojos de una negrura insondable le habían detenido tanto, le habían hecho dudar de su fervor y le tentaban el ánimo. No tuvo más remedio que claudicar en la mirada y desprenderse de su linaje para cerrar los párpados, y verse a si mismo arquear la espalda con el dolor de unos dedos ansiosos aferrados al delirio pasional, una sensualidad que enterneció su corpachón endurecido por el ejercicio continuo de las armas. De la imagen de la muchacha brotaron lágrimas vertidas en sus escasos años fértiles. Copularon hasta el amanecer cuando el jergón despidió una sombra azul que se extendió alrededor de todas las arboledas. Aquella pasión nada tuvo de desahogo.
Quebró para siempre dos vidas… Vizcaya, sus arenales, Castilla y Portugal, se separaron para aventar la siembra del sudor único que riega el mundo.

Aún faltaban muchos años para que se alzase el hermoso edificio del Laboratorio del Paisaje obra de los arquitectos Cannatà & Fernandes, que saben adivinar rutas de futuro sin mirar atrás aprovechando la sabiduría del pasado. Antes, o quizás después de su inauguración… no lo sé… la reutilización pura de edificios comerciales e industriales ha vuelto a reverdecer la vieja cultura portuguesa entre hermosos blasones de genealogías reducidas a cenizas y plásticas discusiones de etimologías reencontradas a fuerza de sobreescribir los mismos temas eternos… encuentros esperados… amores sospechados… naturalezas dibujadas… formas inconclusas…
Cuán bella debe seguir la ciudad aún ahora tras los avatares de leyendas desconocidas en los tiempos en que la pisó el Caballero de Ondarza, cuando la descubrí en mi peregrinación por Iberia, y la recordé en la misma boca de la historia.
José Félix Sáenz-Marrero Fernández.
Agosto de 2014.

(dedicado al abogado, historiador y amigo Jose Luis Machado Carilla, buen conocedor de la feligresía Oliveira tan cerca de Braga… )

Porta de Güimaraes…Wagner Bonifacio Leite.

Una foto de Jose Felix Saenz-Marrero.
Una foto de Jose Felix Saenz-Marrero.
Una foto de Jose Felix Saenz-Marrero.

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